Ucrania: cuatro años de conflicto

El pasado 24 de febrero se cumplieron cuatro años del inicio —por parte de la Federación Rusa— de lo que dio en llamar “operación militar especial”, que no fue otra cosa que la invasión de Ucrania y que derivó en una guerra de desgaste aún en curso.

Durante las más de tres décadas transcurridas desde la firma del Acuerdo de Belavezha —suscripto en diciembre de 1991 por Boris Yeltsin, Leonid Kravchuk y Stanislav Shushkévich— que selló la disolución de la Unión Soviética, las relaciones internacionales se desenvolvieron en dos dimensiones aparentemente contrapuestas aunque, en rigor, complementarias: por un lado, la paz derivada del orden unipolar, con un hegemón en toda regla a cargo de la estructuración del sistema; por otro, la dinámica expansiva de ese mismo orden, que comenzó a chocar en modalidad proxy con una potencia en proceso de reconstitución (la Federación Rusa) y con un contrahegemón en ascenso (la República Popular China), ambos disputando espacios geopolíticos, geoeconómicos y militares.

De lo expuesto surge el protagonismo históricamente dinámico de tres unidades estatales, junto con un cuarto actor —la Unión Europea— cuya ausencia como sujeto estratégico autónomo define su rol más como escenario, fuente de tensiones y actor subsidiario que como polo decisor independiente.

Una mirada rápida sobre la dinámica actual del orden global habilita interrogantes inevitables: ¿representa este conflicto un verdadero punto de inflexión, una línea roja para sus impulsores? ¿Nos aproxima a un escenario de escalada nuclear? ¿Asistimos a la consolidación de un nuevo orden —multipolar, tripolar o multibloque— que marque el fin efectivo de la unipolaridad?

Si retrocedemos en el tiempo, el llamado aislacionismo wilsoniano puede entenderse como una forma singular de proyección de poder: una doctrina que, bajo la premisa de propagar los principios del sistema estadounidense —expresados en los catorce puntos de 1918—, habilitaba la intervención en nombre de un orden normativo pretendidamente universal.

A partir de allí, y durante más de setenta años —guerra mundial y Guerra Fría incluidas—, las intervenciones armadas directas de Estados Unidos, así como su apoyo velado o declarado a procesos desestabilizadores, se cuentan por decenas.

Entre 1917 y su ingreso formal en la Segunda Guerra Mundial en 1941, se registraron múltiples intervenciones de diverso grado en países de América Latina, generalmente justificadas como acciones policiales o como defensa de intereses nacionales. En varios casos, la injerencia fue reiterada: México, Cuba, Honduras, Nicaragua, Panamá, Costa Rica, Haití y República Dominicana constituyen ejemplos elocuentes de la vigencia operativa de la Doctrina Monroe. Esta lógica no se detendría durante la Guerra Fría; por el contrario, intensificaría el celo sobre el denominado “patio trasero”.

Mención aparte merece su participación en la Segunda Guerra Mundial, conflicto del que emergió no solo como vencedor sino como superpotencia en condiciones de estructurar normativamente el orden global resultante.

¿Qué desarrollo tuvieron los otros tres protagonistas durante el mismo período?

Si se toma como variable comparativa la existencia de intervenciones armadas expansionistas previas a 1945 y al margen del conflicto mundial, el contraste es significativo. Ni la Unión Soviética ni la República Popular China registran en ese período una política sistemática de expansión externa. La primera concentró sus esfuerzos en la consolidación interna y en la supervivencia frente a amenazas existenciales; la segunda se hallaba debilitada, fragmentada y sometida a la presión de potencias extranjeras. El escenario previo a 1939 estuvo dominado por conflictos internos y por la resistencia frente a la agresión japonesa iniciada con la ocupación de Manchuria en 1931.

Europa, por su parte, fue el escenario central de los dos grandes conflictos mundiales y el espacio donde maduraron las tensiones del período de entreguerras: el descontento por las condiciones del Tratado de Versalles, su progresivo incumplimiento —incluida la remilitarización de Renania en 1936—, la Guerra Civil Española, el Anschluss de 1938 y la crisis de los Sudetes que desembocó en los Acuerdos de Múnich.

La finalización del conflicto arrojó ganadores y perdedores en condiciones estructuralmente desiguales. Europa quedó devastada; la Unión Soviética sufrió la pérdida de aproximadamente 27 millones de personas en su campaña contra la Alemania nazi; Estados Unidos, en contraste, emergió fortalecido en su desarrollo industrial, con monopolio inicial del arma atómica y con la vocación y capacidad de estructurar el orden mundial de posguerra.

A pesar de su situación comparativamente desfavorable la URSS inicio una  inmediata competencia contra Estados Unidos que puso en juego zonas de influencia y esfuerzos por propagar el sistema liberal y el comunismo lo que -en términos de influencia relativa- podría hablarse de una proporción inicial favorable a Estados Unidos, sumada a una breve ventana de supremacía nuclear absoluta.

Estos acontecimientos moldearon el mundo bipolar que estuvo vigente hasta la disolución de la URSS en 1991.

El discurso pronunciado ante el Congreso de los Estados Unidos en 1947 por el presidente Harry S. Truman —mediante el cual anunció la disposición de su país a apoyar militar y económicamente a aquellas democracias que se vieran amenazadas por fuerzas autoritarias, externas o internas (léase comunismo) — es conocido como Doctrina Truman y marca, para muchos analistas, el inicio formal de la llamada Guerra Fría, la cual se extendería durante los siguientes 44 años.

Si bien no es propósito del presente trabajo realizar un análisis cronológico y pormenorizado de los numerosos acontecimientos políticos, económicos y militares que se sucedieron durante ese período, resulta ineludible mencionar algunos hitos de trascendencia histórica: la Guerra de Corea, la Guerra de Vietnam, la crisis de los misiles en Cuba, la proclamación de la República Popular China en 1949, el alineamiento ideológico sino-soviético y su posterior ruptura en el contexto de etapas de distensión soviético-estadounidense, así como las transformaciones económicas derivadas de la consolidación del neoliberalismo y la expansión de la globalización. Todos estos procesos contribuyen, en distinta medida, a modelar el desenlace del sistema bipolar y la posterior configuración de un orden global unipolar.

Se puede afirmar empíricamente  que la RPC transcurrió los primeros 29 años desde su creación en 1949 bajo el liderazgo de Mao Zedong, cuya determinación en avanzar hacia el sistema comunista pleno-objetivo que según su visión requería un intensivo proceso de industrialización y desarrollo científico-no dudo en vincularse muy estrecha y estratégicamente en la URSS, además de implementar políticas como el denominado “gran salto adelante”, que resultaron muy costosas en términos sociales.

China inicia su vertiginoso ascenso  una vez que Deng Xiaopoing sucedió al carismático líder impulsando  la política de apertura a partir de 1978.

Por el contrario, la URSS, no solo emprendió una demandante tarea de reconstrucción material y social al tiempo que en términos de competencia geopolítica con occidente se vio en la necesidad de reducir la brecha tecnológica y militar, especialmente en el ámbito nuclear, cuya paridad pudo alcanzar en 1949, sin embargo, aun antes y durante el mencionado proceso pudo lograr avance notorios por ejemplo en la carrera espacial tomando la delantera con el lanzamiento del Sputnik en 1957.

En ese contexto inicial, China ni siquiera constituía todavía un actor comparable en términos de poder global, sólo en 1971, Nixon inicia un período de relacionamiento más profundo con China con el propósito de debilitar a su competidor sovietico,sin sospechar que la RPC se convertiría unas década más adelante en su verdadero desafiante con poder real para serlo.

De este modo, mientras Estados Unidos recorrió durante décadas un camino relativamente lineal de expansión económica, institucional e ideológica, sus competidores estratégicos debieron primero recomponer sus propias capacidades. Esta diferencia estructural contribuyó a consolidar una percepción —en gran medida aceptada dentro del propio sistema estadounidense— de superioridad duradera.

Sin embargo, los acontecimientos recientes, especialmente a partir de la guerra desencadenada en Ucrania en 2022, parecen haber puesto en cuestión algunas de esas certezas.

Una de esas certezas es que contrario a la expectativa occidental, la Federación Rusa, no solo no sucumbió ante la supuesta superioridad tecnológico-militar de la OTAN sino que como se pudo observar, a medida que el conflicto progreso, armas decisivas como los misiles hipersónicos, la producción masiva de drones ( ciertamente con aporte Iraní), así como el desempeño de organizaciones “paramilitares” conocidas como el grupo Wagner, al servicio de la Federación, sumados a cambios en las estrategias transformando una acción inicial que pretende obtener los objetivos planteados rápidamente, en una guerra de desgaste, han contribuido a consolidar una posición ventajosa en el campo de batalla que da sustento a una posición de fuerza en las negociaciones, donde aparentemente hay una convicción intransigente a la retirada de los territorios ocupados, que por cierto ya forman parte integral de la Federación ( referéndum mediante).

Todo lo cual, no hubiera sido posible sin la habilidad y fortaleza demostrada para evadir el efecto deseado por occidente en la aplicación de veinte paquetes de sanciones económicas, que no solo no han podido estrangular la economía Rusa, sino que esta ha logrado periodos de crecimiento.

Es en este aspecto-sumamente trascendental-que toma cuerpo la verdadera dimensión del poder económico chino y el valor de la alianza estratégica que ambos países sellaron, y que este conflicto ha puesto a prueba respecto de la eficacia y la solidez de la misma.

Es dable destacar que este  vínculo no es de reciente factura sino que por el contrario es el resultado de un proceso de maduración que atravesó por diferentes etapas a lo largo del tiempo- tanto convergentes como divergentes- evidenciándose una mutación de la misma desde su basamento inicial en razones netamente ideológicas a otra donde primo el pragmatismo-ambas potencias percibieron los beneficios de la asociación-uno de esos beneficios, por cierto estratégico, fue advertir el vertiginoso avance de accidente hacia el Este, cuya contención  ambas potencias consideran vital para su seguridad estratégica.

Cuatro años después de su inicio, el conflicto en Ucrania parece haber marcado un punto de inflexión en la dinámica de expansión del sistema occidental. Más que una disputa territorial, enmarcada en un entorno de segregación de la población rusoparlante, el enfrentamiento refleja el momento en que la presión geopolítica sobre el espacio postsoviético encontró finalmente una respuesta destinada a establecer un límite.

Scroll al inicio