
POSGUERRA FRÍA: un cúmulo de errores de cálculo occidentales
En un análisis reciente publicado en Dinámica Global sobre los cuatro años de vigencia de la guerra ruso-ucraniana, señalé que tanto la inesperada prolongación del conflicto como la relativa ineficacia del frondoso número de paquetes de sanciones aplicados por Occidente sobre la Federación Rusa podían ser leídas como un punto de inflexión en la dinámica expansiva del sistema occidental. El objetivo de dichas sanciones —debilitar la economía rusa, erosionar su capacidad de sostener la campaña militar e incluso, en su versión más ambiciosa, favorecer condiciones de desestabilización interna— no parece haber producido, al menos hasta ahora, los resultados estratégicos esperados.
Lejos de quebrarse bajo presión, Rusia ha mostrado una capacidad de resistencia superior a la calculada por buena parte de Occidente. En ese sentido, el espacio postsoviético parece haber logrado establecer un punto límite a la presión geopolítica occidental, dejando al descubierto no solo un error de cálculo respecto de las capacidades del adversario, sino también ciertas limitaciones del poder coercitivo del orden liderado por Estados Unidos.
Paralelamente, y como otro eslabón dentro de una cadena de acontecimientos disruptivos del orden vigente, el escenario de Medio Oriente vuelve a ofrecer señales en una dirección semejante. Más allá de las diferencias evidentes entre ambos conflictos, tanto por su geografía como por la naturaleza específica de los actores involucrados, lo cierto es que ambos tienen lugar bajo el paraguas de un orden internacional cuya arquitectura de poder sigue gravitando en torno a la hegemonía estadounidense, hoy sometida a crecientes tensiones y cuestionamientos.
En ambos casos, llama la atención una aparente subestimación de las capacidades de respuesta de los actores enfrentados a la presión occidental. Tanto Rusia como Irán han mostrado, contra muchos pronósticos iniciales, una disposición a sostener la confrontación más allá de lo previsto, al menos mientras no se satisfagan determinadas condiciones mínimas. En esa lectura parece haberse omitido, o al menos minimizado, un factor de enorme gravitación: la persistencia del nacionalismo como fuerza movilizadora y cohesionadora de amplios sectores de sus respectivas sociedades. Tanto en el caso ruso como en el iraní, la presión externa no necesariamente deriva en debilitamiento interno, sino que con frecuencia produce el efecto inverso, reforzando percepciones defensivas, reflejos de unidad nacional y márgenes de tolerancia social al costo del conflicto.
A esto se suma una situación particularmente compleja para Washington, que no siempre parece contar con márgenes plenos para ordenar o cerrar estos escenarios en función exclusiva de sus propios intereses, especialmente cuando sus socios regionales —y en particular Israel, en el caso de Medio Oriente— operan también en función de agendas estratégicas propias que no necesariamente coinciden con una lógica de rápida desescalada.
En efecto, esta sucesión de eventos históricamente disruptivos no puede analizarse fuera de contexto, el cual se enmarca en un proceso de declinación de la posición hegemónica de los Estados Unidos, cuyo disparador muchos analistas y académicos asocian a su derrota en la guerra de Vietnam en 1975. En ese sentido, Carlos Antonio Aguirre Rojas, en el prefacio a la edición en español de La decadencia del imperio (Wallerstein, 2007), sostiene que “cuando el poder hegemónico de una nación comienza a apoyarse exclusivamente en su supremacía militar, perdiendo en cambio en todos los frentes su antigua superioridad económica, junto a su anterior capacidad política y geopolítica de persuasión internacional, entonces está claro que los días de ese poder hegemónico están contados y se encuentran además muy cerca de su momento final”.
Como trasfondo de esta situación aparece cada vez con mayor claridad la gravitación de una asociación estratégica más amplia entre la Federación Rusa, la República Popular China y la República Islámica de Irán, sostenida tanto por convergencias políticas y de seguridad como por mecanismos de cooperación bilateral y espacios de articulación multilateral en expansión. En ese entramado, la relación sino-rusa ocupa un lugar central.
Sin embargo, la funcionalidad actual de este vínculo no surgió por generación espontánea. La consolidación de la relación sino-soviética/rusa como uno de los pilares de contención frente a la expansión occidental posterior al colapso de la Unión Soviética es el resultado de un proceso evolutivo complejo, marcado por cooperación, dependencia, ruptura, recomposición y pragmatismo estratégico. Comprender esa trayectoria resulta indispensable para analizar no solo el presente de la relación bilateral, sino también su proyección sobre la disputa contemporánea por la gobernanza global.
China y Rusia: una relación pendular, flexible y pragmática
Las relaciones sino-soviéticas/rusas y su estadio actual son producto de una evolución que ha atravesado instancias de signo opuesto y se han desarrollado siempre en un contexto de desafío a la posición hegemónica estadounidense.
En efecto, la diferencia sustancial de escenarios está dada por una primera etapa moldeada a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, hecho a partir del cual —Guerra Fría mediante— la disputa se dio entre “pares”, por lo tanto, en un frágil equilibrio que mutó hacia un escenario de dominio unipolar, etapa subsiguiente que comienza a partir de la disolución de la Unión Soviética en 1991 y que, si bien seriamente cuestionado, sigue aún vigente.
El vínculo entre China y Rusia fue y es relevante para ambas partes, y resulta llamativo el rol que cada uno de estos países ha desempeñado para el otro, ya que se han alternado en la dependencia mutua para la consecución de sus respectivos objetivos estratégicos, así como en el apalancamiento recíproco para sobrellevar situaciones extremas.
Esto ha quedado en evidencia al comprobar cómo la estrategia que Mao utilizó para lograr sus metas fue la adopción plena del sistema que la Unión Soviética había implementado a partir de la revolución de 1917, al cual consideraba adecuado a sus propósitos. Independientemente de los resultados obtenidos por la adopción de esta estrategia, los líderes chinos tenían la convicción de que implementar el régimen tal como lo había hecho la Unión Soviética permitiría alcanzar los resultados pretendidos en términos de desarrollo económico, industrial y tecnológico, habida cuenta de que dicha expectativa se basaba en el resultado empírico comprobable de 32 años de aplicación efectiva.
Un efecto previsible de la puesta en marcha de este engranaje fue la consolidación —quizá dependencia— de China respecto de la Unión Soviética, habida cuenta de que esta última era su principal proveedora de bienes de capital. Por lo tanto, y de manera previsible, el crecimiento industrial inducido vincularía más profundamente a ambos Estados: cuanto más importaba China desde la URSS, más profunda era la dependencia.
La solidez del vínculo estuvo dada principalmente por razones ideológicas y estas cuestiones, paradójicamente, condujeron al distanciamiento entre Mao y Kruschov, dada la intransigencia del primero a moderar los objetivos del régimen, así como por diferencias estratégicas respecto de la distensión con Occidente. Esa ruptura sería aprovechada más tarde por los Estados Unidos para introducir una cuña en la relación de China con la Unión Soviética, cuyo momento culminante derivó en los encuentros entre Mao y Nixon. Kissinger, en su obra Liderazgo (2022, p. 173), afirma que Nixon, mediante su apertura hacia China, “impuso una dinámica triangular en la anterior bipolar Guerra Fría, que acabaría dejando a la Unión Soviética con una desventaja estratégica decisiva”.
Resulta interesante tener en cuenta el sigilo con el cual se llevaron a cabo las negociaciones para lograr un encuentro presidencial, lo cual se debió al temor de las partes a despertar una reacción soviética. Esto pone en evidencia que, aun en períodos de distanciamiento mutuo, las relaciones sino-soviéticas nunca dejaron de ser trascendentes para la geopolítica global.
Por lo tanto, estas se desarrollaban a través de terceros —el presidente de Pakistán fue pieza clave en este proceso—, así como mediante viajes secretos de Kissinger a Pekín, lo que culminó finalmente en la cumbre entre el presidente estadounidense Richard Nixon y el líder chino Mao Zedong, que se llevó a cabo en Pekín entre el 21 y el 28 de febrero de 1972, uno de cuyos logros más importantes para la RPC fue acordar el principio de una sola China (en obvia relación con Taiwán).
El contexto era de plena Guerra Fría, con la guerra de Vietnam en curso, que evidenciaba los primeros síntomas de la sobreextensión del imperio y que ponía de manifiesto la carencia de capacidad total para cumplir todos sus compromisos a nivel global.
Fallecido Mao, y habida cuenta de las consecuencias negativas para la población por la implementación del llamado “Gran Salto Adelante”, la apertura llevada a cabo por su sucesor Deng Xiaoping a partir de 1978 constituyó la piedra angular de la recuperación del país y el inicio del proceso que lo llevaría a la China que actualmente conocemos.
Disuelta la URSS, las élites rusas coincidían en que Rusia sería finalmente integrada a Europa y esa condición no solo sería prioritaria en sus relaciones exteriores, sino que cualquier otro vínculo se volvería secundario. Sin embargo, el resultado fue otro.
Dada la persistente dilación por parte de Occidente a integrar plenamente a Rusia, el proceso redundó en una posición clara por parte del presidente Yeltsin, que afirmó que la Federación continuaría tratando de mejorar las relaciones con Occidente, aunque confirmaba enfáticamente el estatus de China como su más importante vecino en el Este.
Por imposición de una visión pragmática, finalmente la relación bilateral corrió por los andariveles de la cooperación estrecha en diferentes campos, especialmente a partir de la asunción de Putin como presidente de la Federación Rusa en el año 2000.
A partir de los acontecimientos de 1991 y su deriva en un orden unipolar, Estados Unidos recorrió durante los años siguientes un camino relativamente lineal de expansión económica, institucional e ideológica, en el cual la aplicación de la fuerza militar se convirtió en una herramienta de uso frecuente, a menudo implementada sin la aprobación explícita del Consejo de Seguridad de la ONU, tal como sucedió con el caso de Kosovo en 1999 o Irak en 2003, y por cierto en gran medida aceptada por el llamado Occidente global.
Cabe destacar, en este punto, que la exitosísima instauración del petrodólar, en reemplazo del patrón oro en 1974 (también asociada al tándem Nixon-Kissinger), le permitió financiar estas campañas, ya que la obligación de comerciar petróleo usando el dólar y su regreso al Tesoro estadounidense vía compra de deuda por parte de las monarquías del Golfo constituyeron un círculo virtuoso, aunque su lado oscuro ha sido su sólida contribución al exorbitante déficit fiscal estadounidense, hoy calculado en 39 billones de dólares (trillions estadounidenses).
Otro punto de inflexión en la organización productiva mundial estuvo dado por la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001, hecho que le confirió su mote de “fábrica del mundo”, beneficiándose de la deslocalización productiva implícita en la lógica de la globalización. Sin embargo, en otro aparente error de cálculo estratégico, los analistas occidentales no consideraron en sus pronósticos el aporte innovador local, ni la generación sinérgica entre la inversión extranjera directa, la planificación estatal y la inversión local en investigación y desarrollo, tres variables que contribuyeron a que China construyera y acumulara el único poder económico capaz de disputar el liderazgo estadounidense y su deriva en el incremento del poder político y militar, cuyo desarrollo ha ido moldeando las relaciones exteriores chinas.
Debemos destacar que las relaciones exteriores de la RPC han sido siempre proporcionales al poder relativo del momento histórico, a sus metas estratégicas y a un objetivo transversal a todas las instancias: devolver a China a una posición relevante en el concierto de las naciones, posición que implica respeto y reconocimiento, además de un rol activo y protagónico en el sistema de gobernanza global.
Convergencia estratégica y disrupción sistémica
Es en este nuevo contexto que las relaciones entre la RPC y la FR experimentan un cambio sustancial, donde el pragmatismo será guía rectora; ambos países asumen conscientemente que los beneficios mutuos de una relación estratégica superan con creces las diferencias históricas y, sobre esta base, se reconstruye el vínculo, estando siempre omnipresente la voluntad común de contener la expansión del poder occidental sobre sus respectivas áreas de sensibilidad, ya sea a través de la extensión de la OTAN o en relación con Taiwán y el mar de China.
El presidente Xi Jinping asume en 2013 y lanza su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, en el marco de su nueva doctrina de abandonar el perfil bajo para pasar a una política de logro de objetivos. Es así como los BRICS adquieren creciente relevancia, espacio dentro del cual China y Rusia han encontrado una herramienta para proyectar presencia a escala global.
Debemos entender que BRICS no se trata de un foro de cooperación multilateral clásico, sino de la infraestructura material de una gobernanza en gestación que busca dos objetivos centrales: 1) autonomía financiera, mediante la implementación de sistemas de liquidación en monedas locales para erosionar la extraterritorialidad de las sanciones occidentales; 2) seguridad multipolar, no como alianza militar, sino mediante la creación de un bloque que controla el flujo de recursos estratégicos (energía y minerales críticos) fuera del alcance de la proyección de poder naval tradicional.
La profundidad del vínculo bilateral sino-ruso en esta etapa es una característica muy distintiva del mismo, aunque no la única, ya que adicionalmente la sola constatación de su actual estructura evidencia con claridad una mutación del equilibrio interno del vínculo. Allí donde durante décadas Moscú ocupó el lugar de potencia rectora, hoy es China quien detenta la primacía económica, industrial, tecnológica e incluso, en muchos planos, diplomática. Esta inversión de roles, sin embargo, no ha implicado la pérdida de relevancia estratégica de Rusia, sino más bien su reubicación funcional dentro de una asociación cuya racionalidad principal es la convergencia frente a la presión sistémica ejercida por Occidente.
Desde esta perspectiva, el acercamiento con Beijing se ha convertido en un componente esencial de la resiliencia rusa contemporánea. En un escenario signado por sanciones, aislamiento relativo y disputa estructural con el bloque occidental, la relación con China ha operado como un amortiguador de enorme importancia, permitiendo a Moscú redirigir comercio, sostener ingresos energéticos, ampliar mecanismos financieros alternativos y conservar márgenes de maniobra en el plano internacional. Así, la asociación estratégica entre ambas potencias no debe entenderse como una mera coincidencia coyuntural ni como una simple alianza táctica, sino como una de las expresiones más significativas de la reconfiguración del poder global en curso.