
Existe una tendencia persistentemente en la opinión pública a interpretar los acontecimientos que han marcado a las relaciones internacionales de los últimos 20 años, por decir lo menos, como producto de las decisiones de las grandes potencias tomadas de forma reactiva, decisiones de carácter defensivo, frecuentemente aludiendo a la amenaza a la seguridad nacional, o a la reafirmación de zonas de influencia.
Lo cierto es que dichas acciones distan de ser improvisadas sino que en realidad ocultan un ominoso propósito expansionista y de control hegemónico, cuyo accionar requiere de legitimación en esa misma opinión pública, para lo cual se recurre a su manipulación mediante la construcción de sentido elaborados en ámbitos de producción estratégica de información, difundidos luego por grandes medios de comunicación y consumidos como noticias ya interpretadas.
Este tipo de construcción narrativa puede observarse en distintos momentos históricos y regiones, donde la acción de las grandes potencias se presenta bajo marcos de legitimación variables según el contexto. En América Latina, por ejemplo, las intervenciones directas e indirectas de Estados Unidos han sido recurrentemente justificadas en el registro público bajo la lógica de la contención del comunismo, la estabilidad regional o la lucha contra el narcotráfico, en contextos que abarcan desde Centroamérica hasta el Cono Sur.
En Medio Oriente, la invasión de Irak en 2003, realizada sin autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, fue enmarcada discursivamente en la existencia de armas de destrucción masiva y la necesidad de garantizar la seguridad internacional. Este patrón no se agota allí, sino que se extiende a dinámicas posteriores de la región, donde el conflicto en Gaza, ante el cual la opinión pública asiste consternada a la inacción para detener la matanza de la que es testigo, y la confrontación persistente con Irán —que incluso parte de la opinión pública, incluyendo académicos y analistas, considera cada vez más desligada de los intereses estratégicos declarados por Estados Unidos— forman parte de una misma lógica de reconfiguración geopolítica y disputa estratégica en el área. En el espacio postsoviético, particularmente en Ucrania, los acontecimientos de 2014 en torno al denominado Euromaidán han sido vinculados de forma persistente a un proceso de reconfiguración geopolítica más amplio en la región, con implicancias directas en el equilibrio estratégico entre Rusia y Occidente y en la posterior escalada del conflicto.
En paralelo, la emergencia de nuevas configuraciones de poder global, como el ascenso de China y la consolidación de espacios de articulación como los BRICS, ha reforzado la competencia sistémica y la diversificación de centros de decisión, contribuyendo a la reconfiguración de un orden internacional progresivamente más multipolar. En este proceso —que en mi lectura no es reversible, sino aún en desarrollo y atravesado por dinámicas de alta conflictividad— adquiere particular relevancia la reconfiguración geopolítica de Medio Oriente y la consolidación de alineamientos estratégicos como el que se perfila entre Irán, China y Rusia, en un contexto donde las dinámicas de poder y legitimación se extendieron también a estos nuevos ejes de articulación.
LA ACADEMIA DETRAS DE LA IMPLEMENTACION POLITICA
Las teorías de las relaciones internacionales suelen ser presentadas como herramientas destinadas a interpretar el comportamiento de los Estados dentro del sistema internacional. Sin embargo, en el caso de las grandes potencias, esa relación rara vez se limita al plano académico. A lo largo de las últimas décadas, buena parte de los marcos conceptuales que procuraron explicar la competencia entre Estados, el equilibrio de poder, la disuasión, la soberanía o la hegemonía también han contribuido a orientar el diseño de la política exterior de quienes ocupan posiciones de decisión.
Esta interacción no constituye un fenómeno casual. Particularmente en los Estados Unidos, la circulación permanente de especialistas entre universidades, centros de investigación estratégica, think tanks y organismos gubernamentales ha dado lugar a un proceso continuo de transferencia de conocimiento, en el que la producción teórica y la formulación de políticas públicas se retroalimentan mutuamente. En este contexto, numerosos académicos no sólo interpretaron la realidad internacional, sino que participaron activamente en su transformación desde posiciones de gobierno o como asesores directos de las más altas autoridades del Estado.
Probablemente ningún caso resulte más representativo que el de Henry Kissinger; formado en la tradición del realismo clásico y profesor de la Universidad de Harvard, su paso por la función pública como Asesor de Seguridad Nacional y posteriormente como Secretario de Estado durante las administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford constituye uno de los ejemplos más claros de la convergencia entre producción académica e implementación política. La apertura diplomática hacia la República Popular China, la política de distensión con la Unión Soviética y la conducción de las negociaciones que marcaron el desenlace de la participación estadounidense en Vietnam ilustran cómo determinados marcos teóricos dejaron de ser exclusivamente categorías analíticas para convertirse en instrumentos concretos de acción internacional.
Kissinger no constituye una excepción. Figuras como Zbigniew Brzezinski, Graham Allison y numerosos especialistas vinculados a instituciones como la RAND Corporation reflejan una tradición consolidada en la que universidades, centros de pensamiento estratégico y estructuras gubernamentales conforman un entramado de producción de conocimiento cuya influencia excede ampliamente el ámbito académico. Comprender esa relación permite interpretar las decisiones de política exterior no como respuestas improvisadas ante acontecimientos coyunturales, sino como la aplicación práctica de concepciones del poder elaboradas, debatidas y perfeccionadas durante décadas.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el sistema internacional se ha organizado sobre una lógica que combina anarquía formal con jerarquías materiales. Esto hace referencia a la falta de instituciones supranacionales vinculantes y al concepto de poder, entendido como la disponibilidad de capacidades que permitan lograr desde influencia relativa hasta la consolidación de una posición hegemónica en la gobernanza global. El concepto de anarquía es transversal a gran parte de las principales teorías de las relaciones internacionales, al igual que la aceptación del Estado-nación como sujeto central de las mismas.
En términos del realismo clásico, el poder no es una variable ocasional, sino el principio estructurante de la política internacional, de manera que aun luego de la reconfiguración más significativa del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial, materializada en la creación de la Organización de las Naciones Unidas el 24 de octubre de 1945, más allá de los principios de cooperación y seguridad colectiva que inspiraron su fundación, la estructura institucional resultante reflejó muchos de los supuestos que posteriormente serían sistematizados por Hans Morgenthau en Politics Among Nations: The Struggle for Power and Peace (1948), obra considerada uno de los pilares del realismo clásico en las relaciones internacionales.
La permanencia inalterada del derecho de veto dentro del Consejo de Seguridad constituye una evidencia de que, aun cuando las teorías evolucionaron desde el realismo clásico hacia formulaciones estructurales e institucionalistas, la arquitectura del sistema internacional continúa descansando sobre el reconocimiento explícito de jerarquías de poder entre los Estados. Del mismo modo, las instituciones surgidas del sistema de Bretton Woods, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, consolidaron un entramado institucional orientado a la cooperación y la estabilidad del sistema económico internacional, sin modificar por ello las asimetrías de poder existentes.
En este sentido, Robert Keohane, principal exponente del neoliberalismo institucional, sostiene en After Hegemony: Cooperation and Discord in the World Political Economy (1984) que la condición anárquica inherente al sistema internacional no impide la cooperación entre los Estados, aun cuando ésta sea parcial o responda a intereses convergentes antes que permanentes.
Sin embargo, dichas decisiones continúan condicionadas por la estructura del sistema internacional, concepto desarrollado por Kenneth Waltz en Theory of International Politics (1979), obra fundacional del neorrealismo o realismo estructural, donde sostiene que el comportamiento de los Estados se encuentra limitado por la distribución de capacidades existente entre las unidades del sistema, es decir, independientemente de las características constitutivas de cada una de ellas, entendidas como dotación de recursos, extensión geográfica, población, poder militar y financiero y capacidad industrial. De manera que, aunque en términos normativos todos los Estados son jurídicamente iguales —lo que, en ausencia de una autoridad global central, situación que define el concepto de anarquía— da lugar a la configuración de restricciones materiales y relacionales que condicionan el comportamiento de los Estados dentro del sistema internacional, esto es lo que se entiende por estructura.
Precisamente por ello, comprender los fundamentos teóricos de las principales corrientes de pensamiento de las relaciones internacionales permite interpretar con mayor claridad no sólo la evolución del sistema internacional, sino también las decisiones adoptadas por las grandes potencias en distintos momentos históricos.
La desaparición de la Unión Soviética dio lugar a un profundo proceso de renovación teórica dentro de las relaciones internacionales. En un contexto signado por la aparente consolidación de un orden unipolar y la percepción de que los conflictos interestatales tradicionales habían perdido centralidad, cobraron impulso corrientes que, sin desconocer el papel del Estado, incorporaron nuevos actores, nuevas agendas y formas alternativas de comprender la seguridad y el poder.
En ese escenario adquirió especial relevancia la teoría de la securitización, desarrollada por la Escuela de Copenhague (corriente de pensamiento surgida en la década de 1990, cuyos principales exponentes fueron Barry Buzan, Ole Wæver y Jaap de Wilde, en el contexto de la desaparición de la Unión Soviética y la necesidad de reinterpretar el concepto de seguridad más allá de las amenazas militares tradicionales), que amplió el concepto de seguridad hacia ámbitos políticos, económicos, sociales, ambientales e identitarios, sosteniendo que determinadas cuestiones podían transformarse en amenazas existenciales mediante procesos discursivos de construcción política.
Desde una perspectiva crítica, sin embargo, podría decirse que la teoría de la securitización terminó convirtiéndose en un marco conceptual funcional para justificar políticas de excepción que, bajo la invocación de amenazas como el terrorismo, el narcotráfico o la defense de la democracia, permitieron ignorar de facto principios fundamentales del derecho internacional, como por ejemplo el principio de soberanía y la no injerencia en asuntos internos de naciones soberanas.
Estas narrativas sirvieron para legitimar intervenciones unilaterales, operaciones extraterritoriales, incluso el uso letal de la fuerza sin debido proceso y acciones que desconocieron la soberanía de otros Estados. El caso de Venezuela constituye, desde esta perspectiva, uno de los ejemplos más elocuentes: la operación contra Nicolás Maduro fue presentada como un éxito en la lucha contra el narcotráfico, pero este acontecimiento significó para gran parte de la opinión pública internacional y buena parte de la comunidad internacional una grave vulneración de la soberanía venezolana y sentó un precedente extremadamente peligroso para el orden jurídico internacional.
CONCLUSIONES
Los acontecimientos de las últimas décadas permiten sostener que muchas de las premisas que dominaron el debate académico tras el final de la Guerra Fría no lograron explicar adecuadamente la evolución efectiva del sistema internacional. La expectativa de un orden crecientemente institucionalizado, basado en la cooperación, la interdependencia y la progresiva superación de la lógica de competencia, se encontraba estrechamente vinculada al supuesto de lo que Francis Fukuyama planteó en The End of History (1989), según el cual la hegemonía político-liberal occidental se consolidaría de manera definitiva, sin alternativas capaces de cuestionar de forma creíble ese orden internacional.
Por lo tanto, el período inmediatamente posterior a la disolución de la Unión Soviética puede ser entendido como una fase de asimetría estructural, en la cual la expansión occidental avanzó sin un contrapeso efectivo capaz de limitar su proyección en el espacio postsoviético. Este proceso se manifestó en la ampliación progresiva de la OTAN y en la consolidación de una arquitectura de seguridad europea crecientemente orientada hacia el oeste, fenómeno que, durante el período posterior a la Guerra Fría, puede interpretarse, en línea con los postulados del realismo ofensivo desarrollados por John J. Mearsheimer en The Tragedy of Great Power Politics (2001), como una estrategia orientada a maximizar la posición relativa de poder y ampliar la esfera de influencia occidental en el espacio euroasiático.
A partir de 2014 se produce un punto de inflexión. Los acontecimientos en Ucrania, incluida la anexión de Crimea por parte de la Federación Rusa, junto con el incumplimiento y la posterior erosión de los Acuerdos de Minsk, son interpretados por Rusia como la confirmación de un entorno estratégico adverso y de la imposibilidad de garantizar su seguridad bajo los marcos de entendimiento previos.
En ese contexto, la política rusa se reconfigura sobre la base de la percepción de una amenaza de carácter existencial, impulsando un proceso de recomposición de capacidades estatales y de reorganización de alianzas estratégicas.
Desde esta perspectiva, la conducta rusa posterior a 2014 no puede comprenderse únicamente como una reacción defensiva, sino también como la consolidación de un polo de poder que busca establecer límites materiales a la expansión occidental y reequilibrar la distribución de capacidades dentro del sistema internacional.
En términos analíticos, estas dinámicas pueden vincularse con el realismo estructural de Kenneth Waltz (Theory of International Politics, 1979), en la medida en que la anarquía del sistema internacional y la distribución desigual de capacidades continúan condicionando de manera decisiva el comportamiento de los Estados, independientemente de los marcos institucionales existentes.
La prolongación del conflicto en Ucrania, la reconfiguración geopolítica de Medio Oriente, la creciente competencia estratégica entre Estados Unidos y China, la consolidación de los BRICS y la disputa por recursos energéticos, rutas comerciales y tecnologías críticas ponen de manifiesto que la política internacional continúa estructurada en torno a variables que el pensamiento realista nunca dejó de considerar centrales: soberanía, territorio, fronteras, población, recursos estratégicos, capacidad industrial, desarrollo científico y tecnológico, poder militar y equilibrio de poder.
Por lo tanto, puede sostenerse que la principal conclusión de este análisis es que el Estado continúa siendo el actor decisivo de las relaciones internacionales y que la distribución del poder material sigue condicionando el comportamiento de las naciones. Cabe señalar, asimismo, que durante las últimas décadas surgieron otros enfoques de gran influencia dentro de las relaciones internacionales, como el constructivismo y las perspectivas decoloniales, que cuestionaron en distintos grados la centralidad del Estado desplazando el eje analítico hacia las identidades, las normas, los discursos, las relaciones sociales o las estructuras históricas de dominación.
Sin desconocer los aportes de estas corrientes, la evidencia empírica que ofrecen los principales conflictos internacionales contemporáneos parece reforzar, una vez más, la capacidad explicativa de las distintas variantes del realismo para comprender la dinámica efectiva de la política internacional. Fenómenos como la globalización han podido tener lugar y aun se explican a través de los conceptos fundamentales del realismo el cual reaparece con una fuerza difícil de ignorar, confirmando la persistencia de una lógica estructural que continúa organizando la política internacional contemporánea.